• María Valverde

Músicos con Alzheimer

Aquel músico que deja que otros piensen por él se está rebajando a ser simple y llanamente un ejecutante. Y para leer un manual de instrucciones pocos lo hacen mejor que una computadora. ¡Pensar sobre música no es de frikis! Absténganse de leerme personas irascibles.

Estamos cada vez más cómodamente acostumbrados a los sensacionalismos y a la inmediatez: compartimos eslóganes como axiomas indiscutibles, aplaudimos un par de palabras ingeniosas como resumen de un largo discurso, reducimos al absurdo colosales teorías, y así sigue un largo e inquietante etcétera que ya a muchos se nos ha dado por denunciar. Hoy vengo a decir que esta fiebre por la eficacia y lo instantáneo se ha contagiado también a la música, y a la formación que estamos recibiendo: los músicos de grado superior hemos perdido la memoria de escuchar.

Para poder explicarme con claridad -si es que a alguien le interesa lo que una mindundi como yo pueda decir, claro está- voy a exponer en primer lugar por qué considero que es indispensable en un músico la memoria musical y en segundo lugar la intrínseca relación que tiene esto con la crisis humanista que estamos viviendo. Y todo desde la humildad, la honestidad y la sincera preocupación que tanto me lleva a pecar de cabezota e insistente.


~La memoria musical~

La música es un arte que no puede emanciparse del tiempo en que transcurre, necesita de un momento y un espacio temporal para sonar; básicamente, nadie puede escuchar una canción en un segundo con tan sólo un vistazo. De esto puede deducirse que el discurso musical en su transcurso consta de un pasado, un presente y un futuro en constante desarrollo y evolución. Y en consecuencia, lo último que un intérprete debe dejar de hacer es escucharse a sí mismo y saber qué es lo que deja atrás, porque si no, habrá perdido la capacidad de mantener una coherencia en el discurso y de sorprender al público que lo escucha. No cuentes el mismo chiste en todas las cenas familiares, ¡porque salvo los niños, todos los comensales podrán querer matarte! Sin embargo, lo que para mí es peculiarmente dramático no es que un intérprete no sea capaz en algún momento concreto de reinventarse gracias a la imaginación, si no que incluso los propios músicos como oyentes hemos perdido la capacidad de escuchar en el tiempo, olvidando todo aquello que transcurre como si fuera contenido vacío. Así, luego nos toca estar preguntando durante toda la tercera temporada que de dónde salen tantos personajes...

Desde esta perspectiva, sólo es necesaria una escucha atenta y concentrada para detectar cuándo una interpretación no se está desarrollando bajo una escucha activa, si no que está programada desde la a a la z con antelación. Porque, si bien la primera vez algo puede parecer sorprendente, fresco e ingenioso, no son pocas las veces en que el intérprete reproduce exactamente el mismo juego de flexiones posteriormente, o cae en alguna contradicción musical. El intérprete no está viviendo el presente en el momento, si no que está siguiendo paso a paso las instrucciones que él (u otros terceros) a sí mismo se ha impuesto. Y repito, lo que a mí particularmente me inquieta de todo esto no es que a un intérprete le pase, si no que los propios músicos profesionales no sepamos detectar cuándo una interpretación es de alta gama o es un mero producto barato. Es como si fuéramos un público con Alzheimer. No es una música que viva su presente, si no una música que olvida su pasado y se angustia por el futuro. Un músico no puede no tener memoria.


~Crisis humanista, ¿dónde?~

¿En términos prácticos todo esto en qué se traduce? ¿Por qué me preocupa demasiado? Porque aquí es desde donde empezamos a premiar la eficacia antes que la creatividad, en una disciplina que se supone que es artística. A la salida de un concierto podrás encontrarte a personas comentando con emoción una escala, un gesto musical, un súbito pianissimo; con suerte una frase concreta,... Pero nadie estará allí para preocuparse por si había una coherencia general, si realmente había una intención mayor que la de proporcionar pequeños momentos de placer, si había quedado expuesta la relación entre los personajes de los diversos capítulos, o si simplemente habían sido una serie de secuelas una detrás de otra arbitrariamente colocadas. En estos casos, personalmente imagino que si los compositores hubieran querido reflejar cosas tan concretas habrían compuesto selecciones de pequeñas escenas, no obras de treinta minutos de duración. Aquello que dura y vive en el tiempo no puede olvidar su pasado, pues estará condenado a no evolucionar y a estancar el mensaje y el discurso. Un músico no puede no tener memoria.


La imagen en la música existe. Para vender algo hay que hacer una buena campaña y dar buena imagen. Esto se consigue mediante la brillantez técnica. En nuestra formación se nos enseña a repetir patrones, pues eso es lo único que se escucha a tiempo real: un patrón es un modelo que se repite insaciablemente, pero como absolutamente nadie recuerda qué fue lo que paso anteriormente el patrón que se repite pasa a ser siempre algo novedoso. Somos músicos con alzheimer.


Y en unos años, cuando mediante la tecnología se puedan programar toda esa clase de gestos y flexiones supuestamente improvisadas y frescas nuestra carrera de interpretación habrá perdido todo el sentido. Más aún si estas computadoras adquieren también la habilidad de improvisar en base a x patrones. Lo único que nos podrá diferenciar de ellas en ese hipotético futuro será nuestra espontaneidad, creatividad e imaginación a la hora de reaccionar a la escucha activa de lo que ya ha sucedido, sucede en tiempo real y está por suceder; todo ello posibilitado por una destreza técnica al servicio de la interpretación improvisada.


Pubglicado en valgreentime.wordpress.com el 2 de noviembre de 2017
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